viernes, 7 de diciembre de 2007

El "analista", el protagonista y la Historia: Homero, Aquiles y La Ilíada...


Dice José Roberto Duque, en su blog "El Discurso del Oeste":


Oírnos y explorarnos como pueblo llano siempre deja datos que “no se nos habían ocurrido”, y muchas sensaciones esclarecedoras. Pero uno es terco. Uno se traiciona. Uno comete el mismo error una y otra vez: tanto que habla uno de los preintelectuales y seudointelectuales que infestan con su presencia los medios de comunicación, y al final no puede uno dejar de escucharlos o leerlos. Ensalza uno la real o pretendida ilustración de los opinadores en desmedro de la sabiduría popular. Prefiere uno admirar al intérprete que al autor; escuchar al narrador en lugar de interpelar al protagonista.

Recuerdo la conocida anécdota de Eduardo Blanco: cuando niño su tío lo llevó a recorrer el campo de Carabobo, acompañado de José Antonio Páez. Este explicaba en cada punto la estrategia y movimientos del Ejército Libertador en la Batalla de Carabobo, acción en la cual Páez mató y vio morir a tantos hombres. En mitad del recorrido, cuando el Centauro estaba por explicar la hazaña del temible escuadrón Valencey en su retirada, el padre del muchacho le señaló al futuro escritor: “Escúchalo bien: Aquiles está contando La Iliada”.

Uno leyó La Ilíada en la voz de Homero porque el improbable Aquiles no pudo contársela a la humanidad. La pluma de Eduardo Blanco nos contó en Venezuela Heroica todo cuanto le dijeron sus padres y los héroes ya muertos.

En el caso presente, apelar a los cronistas para tratar de entender el curso de la historia actual es un sinsentido, una estupidez, ya que el protagonista no es un héroe que murió de viejo o en batalla, sino que está vivo, no sólo echando el cuento sino construyéndolo: sólo el pueblo conoce la historia del pueblo. Nosotros somos el pueblo, y esa voz que truena a nuestro lado en la camioneta o en el metro, en el bar y en la plaza, es el eco de nuestra propia voz colectiva. ¿Por qué invertir neuronas en leer a quienes quieren interpretarnos desde un penthouse o desde un restaurant? ¿Hasta cuándo pedirle al horno (o el olmo) de la clase media que nos dé las peras del entendimiento de lo venezolano actual?

¿Qué placer masoquista es ese que nos impele a esculcar los artículos de Poleo, Tulio Hernández, el Malaver, el Masó y demás desodorantes destacados en la hedentina generalizada del periodismo de opinión?

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Creo saberlo, y me confieso culpable: aunque lo neguemos, tiende uno a creer que las lecturas explicativas más brillantes y dignas de ser abordadas están en el tintero y en la lengua de los “analistas” y “expertos”. Invierte uno demasiado tiempo leyendo a los figurones de la prensa y presenciando sus farfullares en radio y televisión. Ese tiempo sólo sirve, en la mayoría de los casos, para percatarse de cuánta verdad y cuánta hondura hay en el señor que barre las calles, en el que vende café, en la doña del quiosco. Cuántas parrafadas de hiel de un estúpido como Rodolfo Schmidt pude haberle ahorrado al depósito de palabras desechables de mi memoria, si en lugar de estar leyendo cierta columna me hubiera quedado un rato más discutiendo con el viejo Miguel allá en La Cañada. ¿Cuánto hubiese yo ganado en verdades esclarecedoras y en la faceta más humana de la política, si en lugar de estar una tarde-noche padeciendo al protozoo de “Aló, Ciudadano”, como lo hice el sábado primero de diciembre, le hubiese sacado más reflexiones a mi pobre vieja Bertha, hospitalizada y devastada por el segundo accidente cerebro-vascular de su ancianidad’

En el duermevela de su conmoción, fulminada por un vergajazo sanguíneo que de vaina no se la lleva, y amodorrada por un calmante más o menos poderoso, la pure dijo de pronto: “Mañana me llevan a votar por el Sí. O díganle al CNE que traiga para la clínica una urna para que voten los enfermos”. Y unos segundos después: “No, mejor no. Yo no entiendo esas elecciones, eso está muy enredao, ¿verdá?”.

El subconsciente de esa doñita, cuyos bienes y propiedades consisten en tres cuartos de siglo de nomadismo y pobreza estimulado a salir a la superficie por un Rivotril de medio miligramo, le regaló al Poder Electoral y al país una propuesta o reflexión que debe ser evaluada de inmediato si este es un país serio: ¿por qué cuando hay elecciones las personas que están hospitalizadas deben abstenerse de ejercer su derecho? ¿Por qué el CNE instala mesas de votación en las cárceles del país pero no lo hace en los hospitales y clínicas? Nadie ha de pararle bolas porque el proponente de la idea no es un abogado ni un militar, sino mi triste vieja cartagenera, esa mujer frágil y abandonada por su familia biológica; esa mujer que me medio crió y me enseñó a leer y a escribir a mis cuatro años; alfabeta funcional apenas y ascensorista en sus mejores tiempos. En tiempos de democracia participativa y protagónica hay que apellidarse Escarrá o Blyde para que te paren bolas en los tribunales o en la televisión. El pueblo de mierda no hace leyes: éstas se le imponen, y si no las cumple pues toma tu cárcel, tu patada por el culo y el desprecio de “la gente estudiada”.

También me explicó la Bertha, mejor y con más sencillez de alma que cualquier “brillante analista político”, una de las posibles causas del traspié del día siguiente: el chavista que se abstuvo de votar está emocionalmente con Chávez y su proyecto, pero la vergüenza, el honor, su íntima honestidad y su humildad a toda prueba, le dictó a la hora de la chiquita una instrucción que hemos pasado por alto quizá voluntariamente: tres millones de chavistas se quedaron en sus casas porque el lenguaje de los leguleyos, el palabreo engreído y fastidioso de los hermanos Escarrá y sus compinches de lado y lado, podrán servir para montar escenas fastuosas en la Asamblea Nacional, pero no sirven para explicarle al obrero, el ama de casa, el pregonero y el pobre de solemnidad por qué es preciso cambiar un artículo incomprensible por uno hermético.

No se trata, en todo caso, de suscribir la explicación que daba otro idiota más, periodista de El Nacional, refiriéndose a las motivaciones de los pobres y de la clase media de cara al referéndum. Decía el sujeto en su artículo: “El taxista votará NO porque la inseguridad lo agobia. El panadero votará NO porque su humilde negocio está en peligro. El campesino votará NO porque la tierra que trabaja nunca será suya. Hice un recuento y me di cuenta de algo: ellos están contra la reforma por motivos puramente materiales. Mis razones, en cambio, son de orden espiritual: yo rechazo a la reforma porque creo en la democracia”.

Hasta pato será y en su casa no lo saben.

***

Todavía muchos siguen y seguirán indagando en las razones de la abstención del chavista promedio, esos tres millones cuya ausencia marcó la diferencia a favor del NO. Recomendación: no sigan preguntándole al intelectual y al argumentador de pacotilla. La Ilíada está en pleno desarrollo y Aquiles está en la calle, contando sus hazañas a cada momento, en cada esquina. Homero está contando su versión en la TV (gracioso programa, ese de Los Simpson): quédense con la versión del protagonista


Y se que tiene razón... así que decidí hacer un pequeño esfuerzo, y abrir este otro blog... Pretendo obligarme a escuchar más las voces de la gente del barrio... de la calle... e ir colocando aquí, algunas pequeñas gotas de la sabiduría popular, con las que me pueda ir topando...

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